Eran las 15:00 y aún estaba lloviendo a cántaros. No había podido salir desde que me había levantado, y eso me ponía de los nervios, porque me tenía que poner a buscar el coche que me permitiese salir de la ciudad.
En esas horas me puse a buscar una solución a ese problema: ¿dónde podía encontrar un coche con llaves con seguridad? ¿Un párking? No, seguramente todos los coches estarían igual de aparcados que los de la calle, sin llaves. ¿Un concesionario? Era algo en lo que no había pensado, y tal vez era una opción que podía ser muy buena.
Miré por la ventana y observé la calle: contaba por lo menos veintitres zombies, caminando sin rumbo. La densidad de muertos vivientes dependía del día, de la comida que encontraban y poco más. Era algo totalmente aleatorio.
El día hubiese seguido igual de monótono y aburrido de no ser por el inseperado ataque de Billie Joe a la escuela. Y es que al parecer, el muy cabrón logró sobrevivir a la manada zombie de ayer y me siguió. Justo esperó a que la densidad de zombies se relajara para entrar como podía.
Me escondí lo suficientemente bien y fui lo suficientemente sigiloso como para que no me encontrara durante las siguientes dos horas. A los pocos minutos de descubrirme, Billie Joe cayó rendido al suelo, medio desmayado, vomitando y sangrando por la nariz. Me asusté, pero enseguida supe que le pasaba. Estaba infectado por el virus zombie. Puede que le mordieran ayer, justo antes de escapar. Eso harían unas veinticinco horas desde entonces. Un nuevo récord.
Me coloqué delante de él.
-¡Hijo de puta!- me gritó-. ¡Maldito hijo de puta, espero que tu superviviencia se te atragante algún día!
Y disparé
Diario de supervivencia en un mundo de zombies
martes, 28 de diciembre de 2010
lunes, 27 de diciembre de 2010
[Día 3] En busca de un coche salvador, los peligros de la manada zombie y los peligros de la manada de Billie Joe
Me levanté a las 9:00. Estaba contento. Más contento de lo que había estado todo el mes anterior, al menos. Tenía un objetivo: Cadiz, donde en teoría me esperaban gente que había conseguido salvarse y transmitirlo.
Ya tenía comida, bebidas, algo de medicinas y algo de munición. Lo último que me faltaba era un coche. Y eso, era algo mucho más complicado de lo que parecía. Si supiese hacer algún puente, cogería el cualquier coche que viese. Y si las llaves están puestas, lo más seguro es que la batería estuviese más que gastada.
Tenía que encontrar las llaves y el coche por separado. Algo muy difícil.
Decidí salir lo antes posible para tener más tiempo para encontrar el coche.
Estuve varias horas fuera, calle por calle, inspeccionando coche por coche. Se me hizo eterno, pero lo peor era no encontrar nada, tener que matar los zombies que paseaban por allí y el frío de final de año.
Las calles empezaban a tener más zombies de lo normal. El numero llegaban a ser de 10 por calle. Algo bastante malo. Eso me obligaba a retroceder e ir por otras calles.
Fue entonces cuando empecé a escuchar ruidos de golpes fuertes, cristales rotos, y gritos guturales. Eso no eran zombies, estaba claro. Eran personas, supervivientes. Y al parecer, de lo peor. Intenté esconderme detrás de un coche, pero aquel precisamente tenía un zombie algo demacrado ya, y tuve que deshacerme de él. Y me descubrieron.
Aquellos no eran ni más ni menos que Billie Joe y sus dos colegas del alma. Bueno, realmente no se llamaba Billie Joe, sino Roberto, pero por alguna razón prefería ese nombre. ¿Sus compañeros? Un obeso treintañero y un feo delgaducho.
Todos nos quedamos parados, mirandonos fijamente, pero ellos no dudaron en perseguirme, alzando sus barras metálicas y sus cadenas. Aquellos pretendían matarme. O hacerme mucho daño. Esa era una costumbre bastante habitual de Billie Joe y su manada. Ya mis compañeros tuvieron problemas con esos.
Como de costumbre, corrí como un loco, tratando de salvar mis huesos y mi vida. Tal miedo tenía en ese instante, que me olvidé por completo de la calle en la que había (o eso creía) unos diez zombies. No me hicieron nada, casi no tuvieron tiempo de dirigirse a mi, pero cuando me quise dar cuenta me metí en una calle repleta de zombies. Paré en seco. Contaría por lo menos 30 zombies en una calle de poco más de 20 metros de ancho. Por detrás, la panda de Billie Joe, y un poco más por detrás, los otros zombies.
Los capullos de Billie Joe y compañía no parecía importarles la presencia de tal numero de muertos vivientes sedientos de carne, pues siguieron dirigiendose a mi, hasta rodearme.
-Vaya, vaya, vaya. ¡A quien tenemos aquí!- pronunció Billie Joe de manera escandalosa-. El perro de la pandilla cerdos que no nos quiso dar la ayuda necesaria para sobrevivir- decía. La ayuda de la que hablaba era una historia algo larga, que venía de unas dos semanas de perder de vista a mi grupo-. ¡Pero míranos, ahora rodeados de zombies, vivos!
Se le notaba a kilometros que estaba aterrado por la manada de zombies que se aproximaba, pero su jodido orgullo le daba preferencia a su odio que a su superviviencia.
Yo también estaba aterrado. Eran dos los peligros que me podían matar en ese instante, uno de forma más dolorosa que el otro. Por eso, seguramente por los nervios, saqué la pistola de mi bolsillo y disparé a Billie Joe. Por eso mismo, fallé. Estoy convencido de que de no estar tan nervioso, ahora estaría muerto. La bala le rozó lo suficiente como para herirle algo.
-¡Hijo de puta! ¡Te pudras en el infierno!
El gordo intentó golpearme con la palanca de hierro, pero por suerte lo esquivé. El feo flacucho estaba tan nerviosos que ni siquiera se movió. Los zombies estaban a pocos metros y casi no había nada que hacer.
Fui a lo fácil, me dirigí a un portal y con el pico rompí el pomo de la puerta para entrar. Me dirigí a la terraza y salté a la del edificio contiguo. Desde allí podía oir los gritos de dolor del gordo y el feo. No escuché a Billie Joe.
Me dirigí a la escuela y no salí en todo lo que quedaba de día.
Ya tenía comida, bebidas, algo de medicinas y algo de munición. Lo último que me faltaba era un coche. Y eso, era algo mucho más complicado de lo que parecía. Si supiese hacer algún puente, cogería el cualquier coche que viese. Y si las llaves están puestas, lo más seguro es que la batería estuviese más que gastada.
Tenía que encontrar las llaves y el coche por separado. Algo muy difícil.
Decidí salir lo antes posible para tener más tiempo para encontrar el coche.
Estuve varias horas fuera, calle por calle, inspeccionando coche por coche. Se me hizo eterno, pero lo peor era no encontrar nada, tener que matar los zombies que paseaban por allí y el frío de final de año.
Las calles empezaban a tener más zombies de lo normal. El numero llegaban a ser de 10 por calle. Algo bastante malo. Eso me obligaba a retroceder e ir por otras calles.
Fue entonces cuando empecé a escuchar ruidos de golpes fuertes, cristales rotos, y gritos guturales. Eso no eran zombies, estaba claro. Eran personas, supervivientes. Y al parecer, de lo peor. Intenté esconderme detrás de un coche, pero aquel precisamente tenía un zombie algo demacrado ya, y tuve que deshacerme de él. Y me descubrieron.
Aquellos no eran ni más ni menos que Billie Joe y sus dos colegas del alma. Bueno, realmente no se llamaba Billie Joe, sino Roberto, pero por alguna razón prefería ese nombre. ¿Sus compañeros? Un obeso treintañero y un feo delgaducho.
Todos nos quedamos parados, mirandonos fijamente, pero ellos no dudaron en perseguirme, alzando sus barras metálicas y sus cadenas. Aquellos pretendían matarme. O hacerme mucho daño. Esa era una costumbre bastante habitual de Billie Joe y su manada. Ya mis compañeros tuvieron problemas con esos.
Como de costumbre, corrí como un loco, tratando de salvar mis huesos y mi vida. Tal miedo tenía en ese instante, que me olvidé por completo de la calle en la que había (o eso creía) unos diez zombies. No me hicieron nada, casi no tuvieron tiempo de dirigirse a mi, pero cuando me quise dar cuenta me metí en una calle repleta de zombies. Paré en seco. Contaría por lo menos 30 zombies en una calle de poco más de 20 metros de ancho. Por detrás, la panda de Billie Joe, y un poco más por detrás, los otros zombies.
Los capullos de Billie Joe y compañía no parecía importarles la presencia de tal numero de muertos vivientes sedientos de carne, pues siguieron dirigiendose a mi, hasta rodearme.
-Vaya, vaya, vaya. ¡A quien tenemos aquí!- pronunció Billie Joe de manera escandalosa-. El perro de la pandilla cerdos que no nos quiso dar la ayuda necesaria para sobrevivir- decía. La ayuda de la que hablaba era una historia algo larga, que venía de unas dos semanas de perder de vista a mi grupo-. ¡Pero míranos, ahora rodeados de zombies, vivos!
Se le notaba a kilometros que estaba aterrado por la manada de zombies que se aproximaba, pero su jodido orgullo le daba preferencia a su odio que a su superviviencia.
Yo también estaba aterrado. Eran dos los peligros que me podían matar en ese instante, uno de forma más dolorosa que el otro. Por eso, seguramente por los nervios, saqué la pistola de mi bolsillo y disparé a Billie Joe. Por eso mismo, fallé. Estoy convencido de que de no estar tan nervioso, ahora estaría muerto. La bala le rozó lo suficiente como para herirle algo.
-¡Hijo de puta! ¡Te pudras en el infierno!
El gordo intentó golpearme con la palanca de hierro, pero por suerte lo esquivé. El feo flacucho estaba tan nerviosos que ni siquiera se movió. Los zombies estaban a pocos metros y casi no había nada que hacer.
Fui a lo fácil, me dirigí a un portal y con el pico rompí el pomo de la puerta para entrar. Me dirigí a la terraza y salté a la del edificio contiguo. Desde allí podía oir los gritos de dolor del gordo y el feo. No escuché a Billie Joe.
Me dirigí a la escuela y no salí en todo lo que quedaba de día.
domingo, 26 de diciembre de 2010
[Día 2] De cómo recupero mi bolsa perdida, de cómo me encuentro a los perros zombies y de cómo oigo a mi esperanza
Hoy me he levantado más tarde incluso que ayer. Eran las 14:06 cuando miré el reloj. Esto se debe a dos cosas: la primera, la escuela era bastante antigua, por lo tanto, he pasado una noche rodeado de ruidos de crujidos, goteras, y susurros que en realidad eran brisas; lo otro, mi esperanza. Siempre por las noches dejaba encendida mi radio, y pasaba horas y horas buscando alguna emisora encendida, por si alguien emitía algo, alguna esperanza.
Me pasé una hora comiendo comida enlatada, y la siguiente limpiando con lejía y jabón mi mascara de gas, mis botas y mis guantes. No podía arriesgarme a tocar alguna gota de sangre salpicada por cualquier zombie.
El reto era sencillo. Relativamente. Tenía que ir a lo que había sido mi propia vivienda durante casi un mes para recuperar todo lo que cogí el día anterior. Encima tenía que hacer dos viajes, incluso tres, pues tenía que recoger también la comida y bebida que tenía allí reservada, o todo mi día de ayer no habrá servido para nada.
Miré por la ventana: habían ocho zombies a lo largo de la calle. Lo suficientemente alejados entre sí para poder matar a varios de ellos.
Salí de la calle y tan solo uno me vio. Le di con el pico y cayó sobre el capó de un coche. Fue entonces cuando los otros siete restantes me vieron y empezaron a caminar torpementa hacia mi. Me deshací del más cercano y luego del siguiente. Los cuatro restantes estaban demasiado cercanos como para atacarles, así que decidí dejarlos en paz mientras ellos caminaban.
Llegué a casa. Inspeccioné una a una todas las viviendas con el máximo cuidado. Tardé un par de horas en llegar hasta el mío, que estaba en la última planta. Misteriosamente, todos los zombies habían desaparecido, pero yo seguía alerta. Cogí mi bolsa y un par de latas más junto con mi radio. Salí de allí pitando, con el pico en mi mano y la pistola cargada en el bolsillo.
Maté un par de zombies antes de entrar en la escuela y volví de nuevo a por el resto de comida. Todo fue bastante senzillo.
La imagen del día, que se me quedó grabado, y que seguramente no olvidaré en mi vida, fue el descubrimiento de tres perros zombies. La escena era grotesca: los tres estaban bastante podridos, andaban con dificultad y se avalanzaban sobre un zombie, que intentaba escapar al ver que era devorado por los perros.
Aquello me dejó confuso. Nunca había visto que el virus se transmitiera a otros mamíferos. Tal vez sea una de las razones por las que se propagó tan rapidamente. Tampoco sabía que los zombies se comían entre sí. Tal lo hacían cuando escaseaba la comida, pues dejaron a aquel zombie y empezaron a perseguirme en cuanto me vieron. Pasé de ellos y seguí mi camino.
Ya en la escuela donde vivía ahora, encendí la radio y calenté un par de latas para cenar. Mientras cenaba, iba provando distintas frequencias, como cada noche, para ver si alguien retransmitía.
Entonces, se me heló el corazón:
"¿Hola? ¿Func-na esto? Esta-os a s-o, repito. Estamos - salvo. Somo- casi treinta pers-nas resi-endo en un polideportivo - ciudad de Cadiz. Aq- no hay z-bies. Re-to: aquí no hay zombies, se han largado todos. Aquí -os a salvo... ¡Mier-! ¿Seguro que funciona? ¡Aquí podéis ve-!"
Lo acababa de oir. Era mi esperanza, mi viaje hasta la salvación de aquellos zombies. Solo tenía que llegar hasta Cadiz.
Solo.
Me pasé una hora comiendo comida enlatada, y la siguiente limpiando con lejía y jabón mi mascara de gas, mis botas y mis guantes. No podía arriesgarme a tocar alguna gota de sangre salpicada por cualquier zombie.
El reto era sencillo. Relativamente. Tenía que ir a lo que había sido mi propia vivienda durante casi un mes para recuperar todo lo que cogí el día anterior. Encima tenía que hacer dos viajes, incluso tres, pues tenía que recoger también la comida y bebida que tenía allí reservada, o todo mi día de ayer no habrá servido para nada.
Miré por la ventana: habían ocho zombies a lo largo de la calle. Lo suficientemente alejados entre sí para poder matar a varios de ellos.
Salí de la calle y tan solo uno me vio. Le di con el pico y cayó sobre el capó de un coche. Fue entonces cuando los otros siete restantes me vieron y empezaron a caminar torpementa hacia mi. Me deshací del más cercano y luego del siguiente. Los cuatro restantes estaban demasiado cercanos como para atacarles, así que decidí dejarlos en paz mientras ellos caminaban.
Llegué a casa. Inspeccioné una a una todas las viviendas con el máximo cuidado. Tardé un par de horas en llegar hasta el mío, que estaba en la última planta. Misteriosamente, todos los zombies habían desaparecido, pero yo seguía alerta. Cogí mi bolsa y un par de latas más junto con mi radio. Salí de allí pitando, con el pico en mi mano y la pistola cargada en el bolsillo.
Maté un par de zombies antes de entrar en la escuela y volví de nuevo a por el resto de comida. Todo fue bastante senzillo.
La imagen del día, que se me quedó grabado, y que seguramente no olvidaré en mi vida, fue el descubrimiento de tres perros zombies. La escena era grotesca: los tres estaban bastante podridos, andaban con dificultad y se avalanzaban sobre un zombie, que intentaba escapar al ver que era devorado por los perros.
Aquello me dejó confuso. Nunca había visto que el virus se transmitiera a otros mamíferos. Tal vez sea una de las razones por las que se propagó tan rapidamente. Tampoco sabía que los zombies se comían entre sí. Tal lo hacían cuando escaseaba la comida, pues dejaron a aquel zombie y empezaron a perseguirme en cuanto me vieron. Pasé de ellos y seguí mi camino.
Ya en la escuela donde vivía ahora, encendí la radio y calenté un par de latas para cenar. Mientras cenaba, iba provando distintas frequencias, como cada noche, para ver si alguien retransmitía.
Entonces, se me heló el corazón:
"¿Hola? ¿Func-na esto? Esta-os a s-o, repito. Estamos - salvo. Somo- casi treinta pers-nas resi-endo en un polideportivo - ciudad de Cadiz. Aq- no hay z-bies. Re-to: aquí no hay zombies, se han largado todos. Aquí -os a salvo... ¡Mier-! ¿Seguro que funciona? ¡Aquí podéis ve-!"
Lo acababa de oir. Era mi esperanza, mi viaje hasta la salvación de aquellos zombies. Solo tenía que llegar hasta Cadiz.
Solo.
sábado, 25 de diciembre de 2010
[Día 1] La preparación para el escape de la ciudad: en busca de comida, bebida, munición y medicinas
Hoy me he vuelto a levantar demasiado tarde. Eran las doce.
Me asomé cuidadosamente a la ventana y miré un poco las calles desde allí: no había ningúna alma... y ningún muerto.
Estaba preparado para irme, al menos mentalmente. Pero desgraciadamente, mis víveres empezaban a escasear, sólo quedaba agua del grifo y la mayoría de las medicinas que usaba para el dolor de cabeza están caducadas. Y para empeorar la situación, mi única arma era un pico que había encontrado antes de llegar allí.
Me puse manos a la obra: mapa en mano, me dibuje un recorrido directo al supermercado, a la comisaría más cercana y a una farmacia. Los tres establecimientos estaban a una distancia más o menos equidistante.
Estaba aterrado. Era la primera vez que salía en todo el mes. Pero era necesario.
Me vestí con unos buenos tejanos, un buen abrigo, guantes, y una mascara de gas para prevenir salpicadura de sangre en mi cara. También me armé con mi pico y me llevé mi bolsa de deporte para llevar las provisiones.
La calle estaba desierta y no había ningún ser vivo que produjera sonido alguno. Era un silencio aterrador el que allí reinaba. Volteó la primera esquina para ver un solitario zombie tumbado boca a bajo. Se arrastraba como podía: no tenía piernas. Seguramente se las comieron antes de que el pobre desgraciado se haya convertido. Golpeé mi pico contra su cabeza y lo maté de un golpe.
Seguí mi camino.
Llegué poco después al supermercado. El camino fue mucho más tranquilo de lo que me esperaba, y eso me tranquilizó. Tampoco había ningún zombie dentro del supermercado. Llené la bolsa con la suficiente comida para los próximos días, así como también agua y alguna que otra pila y linternas.
Allí me dió por mirar la sección de carnes: estaban todas devoradas, seguramente por algún zombie desesperado por comer cualquier cosa.
La siguiente parada era la comisaría. Esta vez divisé tres zombies a la salida del supermercado. Los tres me vieron y se dirigieron hasta mi. Los podría matar con el pico, pero sé por experiencia que con un arma de corto alcanze, tres zombies son una multitud. Huí.
Durante el camino me encontré con un par de zombies más, pero por suerte no me vieron ni olieron.
Llegué a la comisaría sin entretenerme demasiado, fui hasta la habitación más profunda y busqué armas y municiones. Sólo encontré una pistola y una caja de balas. No era mucho pero me era suficiente por ahora.
Desgracia la mía, volví a encontrarme con otros tres zombies a la salida, pero esta vez no tenía escapatoría. Decidí usar mi pico contra el zombie que más cerca estuviera de mí, pero los tres estaban a la misma distancia, no me daba tiempo. La idea de usar la pistola tampoco me servía, pues eso podría llamar la atención de más zombies, algo que ni por asomo era lo que yo quería.
Lo que hice fue lo siguiente: volví a la misma habitación donde encontré la pistola y me encerré. Los zombies van a pasos lentos, asi que tenía algo de tiempo en pensar algo. Busqué cualquier cosa que pudiera servirme, pero lo único que vi fue una botella de alcohol, una escoba y unas cerillas. Tembloroso, rocié la escoba con el alcohol y luego le prendí fuego. Ahora que lo pienso, creo que no tomé las medidas de seguridad adecuadas.
Abrí la puerta y empujé con el extremo en llamas al primer zombie. Ardió rapido, junto con los demás. Volví a cerrar la puerta y esperá a que el fuego los consumiera. Error mío, pues el fuego no sólo los consumió a ellos, sino también a un par de muebles que había por allí.
La comisaría ardió hasta los cimientos, anuque yo salí sano y salvo, gracias a mi mascara de gas que llevaba puesto en todo momento.
La siguiente y última parada era la farmacia, donde tan sólo cogí un par de cajas de pastillas para el dolor de cabeza. Todo lo demás, estaba a punto de caducar.
Volví a casa. Por el camino no encontré ningún zombie, algo que agradecí, pero sí que vi cadaveres. Cadaveres de zombies o de personas, no los sé distinguir. Algunos están en los huesos, a otros les faltan alguna extremidad, y sólo uno no había sido presa de esas criaturas.
Llegué al edificio y a mi piso favorito, dejé la bolsa sobre mi cama y encendí la radio, pero ¡horror!
Un zombie estaba en mi casa, me cogió del brazo, pero de un puñetazo en la cara le aparté. Por el pasillo había otro, que me deshice de un golpe de pico. Huí con lo puesto, pero dejé allí todo lo que había cogido. No sabía como habían entrado, tal vez me dejé la puerta abierta. Un fallo monumental que por poco me cuesta la vida.
Tenía que encontrar un nuevo lugar para vivir mientras pensaba en un plan para volver a por mis cosas.
Tarde un poco en encontrar un colegio abandonado a su suerte mucho antes del levantamiento zombie. Era impensable que los muertos hayan entrado, a no ser que sepan escalar, algo que por supuesto nunca les he visto hacer.
Entro y lo inspecciono. No hay ni una alma, ninguna criatura extraña, pero sí hay comida y agua en abundancia. Tal vez deba pasar la noche aquí y rescatar mis cosas mañana.
Veo por accidente un calendario y me doy cuenta de que hoy es Navidad.
Feliz Navidad, zombies...
Me asomé cuidadosamente a la ventana y miré un poco las calles desde allí: no había ningúna alma... y ningún muerto.
Estaba preparado para irme, al menos mentalmente. Pero desgraciadamente, mis víveres empezaban a escasear, sólo quedaba agua del grifo y la mayoría de las medicinas que usaba para el dolor de cabeza están caducadas. Y para empeorar la situación, mi única arma era un pico que había encontrado antes de llegar allí.
Me puse manos a la obra: mapa en mano, me dibuje un recorrido directo al supermercado, a la comisaría más cercana y a una farmacia. Los tres establecimientos estaban a una distancia más o menos equidistante.
Estaba aterrado. Era la primera vez que salía en todo el mes. Pero era necesario.
Me vestí con unos buenos tejanos, un buen abrigo, guantes, y una mascara de gas para prevenir salpicadura de sangre en mi cara. También me armé con mi pico y me llevé mi bolsa de deporte para llevar las provisiones.
La calle estaba desierta y no había ningún ser vivo que produjera sonido alguno. Era un silencio aterrador el que allí reinaba. Volteó la primera esquina para ver un solitario zombie tumbado boca a bajo. Se arrastraba como podía: no tenía piernas. Seguramente se las comieron antes de que el pobre desgraciado se haya convertido. Golpeé mi pico contra su cabeza y lo maté de un golpe.
Seguí mi camino.
Llegué poco después al supermercado. El camino fue mucho más tranquilo de lo que me esperaba, y eso me tranquilizó. Tampoco había ningún zombie dentro del supermercado. Llené la bolsa con la suficiente comida para los próximos días, así como también agua y alguna que otra pila y linternas.
Allí me dió por mirar la sección de carnes: estaban todas devoradas, seguramente por algún zombie desesperado por comer cualquier cosa.
La siguiente parada era la comisaría. Esta vez divisé tres zombies a la salida del supermercado. Los tres me vieron y se dirigieron hasta mi. Los podría matar con el pico, pero sé por experiencia que con un arma de corto alcanze, tres zombies son una multitud. Huí.
Durante el camino me encontré con un par de zombies más, pero por suerte no me vieron ni olieron.
Llegué a la comisaría sin entretenerme demasiado, fui hasta la habitación más profunda y busqué armas y municiones. Sólo encontré una pistola y una caja de balas. No era mucho pero me era suficiente por ahora.
Desgracia la mía, volví a encontrarme con otros tres zombies a la salida, pero esta vez no tenía escapatoría. Decidí usar mi pico contra el zombie que más cerca estuviera de mí, pero los tres estaban a la misma distancia, no me daba tiempo. La idea de usar la pistola tampoco me servía, pues eso podría llamar la atención de más zombies, algo que ni por asomo era lo que yo quería.
Lo que hice fue lo siguiente: volví a la misma habitación donde encontré la pistola y me encerré. Los zombies van a pasos lentos, asi que tenía algo de tiempo en pensar algo. Busqué cualquier cosa que pudiera servirme, pero lo único que vi fue una botella de alcohol, una escoba y unas cerillas. Tembloroso, rocié la escoba con el alcohol y luego le prendí fuego. Ahora que lo pienso, creo que no tomé las medidas de seguridad adecuadas.
Abrí la puerta y empujé con el extremo en llamas al primer zombie. Ardió rapido, junto con los demás. Volví a cerrar la puerta y esperá a que el fuego los consumiera. Error mío, pues el fuego no sólo los consumió a ellos, sino también a un par de muebles que había por allí.
La comisaría ardió hasta los cimientos, anuque yo salí sano y salvo, gracias a mi mascara de gas que llevaba puesto en todo momento.
La siguiente y última parada era la farmacia, donde tan sólo cogí un par de cajas de pastillas para el dolor de cabeza. Todo lo demás, estaba a punto de caducar.
Volví a casa. Por el camino no encontré ningún zombie, algo que agradecí, pero sí que vi cadaveres. Cadaveres de zombies o de personas, no los sé distinguir. Algunos están en los huesos, a otros les faltan alguna extremidad, y sólo uno no había sido presa de esas criaturas.
Llegué al edificio y a mi piso favorito, dejé la bolsa sobre mi cama y encendí la radio, pero ¡horror!
Un zombie estaba en mi casa, me cogió del brazo, pero de un puñetazo en la cara le aparté. Por el pasillo había otro, que me deshice de un golpe de pico. Huí con lo puesto, pero dejé allí todo lo que había cogido. No sabía como habían entrado, tal vez me dejé la puerta abierta. Un fallo monumental que por poco me cuesta la vida.
Tenía que encontrar un nuevo lugar para vivir mientras pensaba en un plan para volver a por mis cosas.
Tarde un poco en encontrar un colegio abandonado a su suerte mucho antes del levantamiento zombie. Era impensable que los muertos hayan entrado, a no ser que sepan escalar, algo que por supuesto nunca les he visto hacer.
Entro y lo inspecciono. No hay ni una alma, ninguna criatura extraña, pero sí hay comida y agua en abundancia. Tal vez deba pasar la noche aquí y rescatar mis cosas mañana.
Veo por accidente un calendario y me doy cuenta de que hoy es Navidad.
Feliz Navidad, zombies...
viernes, 24 de diciembre de 2010
[Día 0] De como los zombies conquistaron el mundo y ahora no hay nadie en él exepto yo
No recuerdo exactamente cuanto hace desde que el brote escapó. Todo pasó muy rapido, fueron sólo unas semanas cuando los grandes gobiernos desaparecieron por completo. Poco después los zombies ganaban en número a los humanos.
Lo único que podíamos hacer nosotros era agruparnos en grupos y tratar de sobrevivir. Pero ellos podían con nosotros.
Yo residía en Barcelona desde siempre. Y bueno, todavía resido.
Mi grupo llegó a tener a más de veinte personas. Pero poco a poco las perdimos a casi todas. Yo fui uno de ellos: en una emboscada, me tuve que refugiar en el edificio en el que resido. Por suerte, este estaba libre de esas criaturas.
Hace ya un mes de eso.
Hasta el dia de hoy, me he estado alimentando a base de la comida que había en las viviendas de los edificios. También me he dedicado a estudiar un poco a los zombies, aprovechando que ellos no me pueden ver desde donde estoy.
Al parecer, los zombies siguen pudriendose a no ser que coman algo de carne; son, por razones que desconozco, más nocturnos que diurnos; se guían basicamente por el olor, y no saben distinguir una presa que les dará mucha comida de una que no les dará tanta.
Poco más sé de ellos.
Hoy, hago un recuento de comida en todo el edificio, y me doy cuenta de que todo empieza a escasear, y calculo unos siete días de comida cómo mucho. Eso es malo.
También descubro un pequeño diario en el que voy a escribir mis días, por si alguien lo encuentra una vez que yo no esté.
Tengo que salir de la ciudad. ¿A dónde? No lo sé. Tal vez vaya a algún pueblo perdido en algún monte. Pero aquí no me puedo quedar. Está repleto de esas cosas...
Lo único que podíamos hacer nosotros era agruparnos en grupos y tratar de sobrevivir. Pero ellos podían con nosotros.
Yo residía en Barcelona desde siempre. Y bueno, todavía resido.
Mi grupo llegó a tener a más de veinte personas. Pero poco a poco las perdimos a casi todas. Yo fui uno de ellos: en una emboscada, me tuve que refugiar en el edificio en el que resido. Por suerte, este estaba libre de esas criaturas.
Hace ya un mes de eso.
Hasta el dia de hoy, me he estado alimentando a base de la comida que había en las viviendas de los edificios. También me he dedicado a estudiar un poco a los zombies, aprovechando que ellos no me pueden ver desde donde estoy.
Al parecer, los zombies siguen pudriendose a no ser que coman algo de carne; son, por razones que desconozco, más nocturnos que diurnos; se guían basicamente por el olor, y no saben distinguir una presa que les dará mucha comida de una que no les dará tanta.
Poco más sé de ellos.
Hoy, hago un recuento de comida en todo el edificio, y me doy cuenta de que todo empieza a escasear, y calculo unos siete días de comida cómo mucho. Eso es malo.
También descubro un pequeño diario en el que voy a escribir mis días, por si alguien lo encuentra una vez que yo no esté.
Tengo que salir de la ciudad. ¿A dónde? No lo sé. Tal vez vaya a algún pueblo perdido en algún monte. Pero aquí no me puedo quedar. Está repleto de esas cosas...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)