Me levanté a las 9:00. Estaba contento. Más contento de lo que había estado todo el mes anterior, al menos. Tenía un objetivo: Cadiz, donde en teoría me esperaban gente que había conseguido salvarse y transmitirlo.
Ya tenía comida, bebidas, algo de medicinas y algo de munición. Lo último que me faltaba era un coche. Y eso, era algo mucho más complicado de lo que parecía. Si supiese hacer algún puente, cogería el cualquier coche que viese. Y si las llaves están puestas, lo más seguro es que la batería estuviese más que gastada.
Tenía que encontrar las llaves y el coche por separado. Algo muy difícil.
Decidí salir lo antes posible para tener más tiempo para encontrar el coche.
Estuve varias horas fuera, calle por calle, inspeccionando coche por coche. Se me hizo eterno, pero lo peor era no encontrar nada, tener que matar los zombies que paseaban por allí y el frío de final de año.
Las calles empezaban a tener más zombies de lo normal. El numero llegaban a ser de 10 por calle. Algo bastante malo. Eso me obligaba a retroceder e ir por otras calles.
Fue entonces cuando empecé a escuchar ruidos de golpes fuertes, cristales rotos, y gritos guturales. Eso no eran zombies, estaba claro. Eran personas, supervivientes. Y al parecer, de lo peor. Intenté esconderme detrás de un coche, pero aquel precisamente tenía un zombie algo demacrado ya, y tuve que deshacerme de él. Y me descubrieron.
Aquellos no eran ni más ni menos que Billie Joe y sus dos colegas del alma. Bueno, realmente no se llamaba Billie Joe, sino Roberto, pero por alguna razón prefería ese nombre. ¿Sus compañeros? Un obeso treintañero y un feo delgaducho.
Todos nos quedamos parados, mirandonos fijamente, pero ellos no dudaron en perseguirme, alzando sus barras metálicas y sus cadenas. Aquellos pretendían matarme. O hacerme mucho daño. Esa era una costumbre bastante habitual de Billie Joe y su manada. Ya mis compañeros tuvieron problemas con esos.
Como de costumbre, corrí como un loco, tratando de salvar mis huesos y mi vida. Tal miedo tenía en ese instante, que me olvidé por completo de la calle en la que había (o eso creía) unos diez zombies. No me hicieron nada, casi no tuvieron tiempo de dirigirse a mi, pero cuando me quise dar cuenta me metí en una calle repleta de zombies. Paré en seco. Contaría por lo menos 30 zombies en una calle de poco más de 20 metros de ancho. Por detrás, la panda de Billie Joe, y un poco más por detrás, los otros zombies.
Los capullos de Billie Joe y compañía no parecía importarles la presencia de tal numero de muertos vivientes sedientos de carne, pues siguieron dirigiendose a mi, hasta rodearme.
-Vaya, vaya, vaya. ¡A quien tenemos aquí!- pronunció Billie Joe de manera escandalosa-. El perro de la pandilla cerdos que no nos quiso dar la ayuda necesaria para sobrevivir- decía. La ayuda de la que hablaba era una historia algo larga, que venía de unas dos semanas de perder de vista a mi grupo-. ¡Pero míranos, ahora rodeados de zombies, vivos!
Se le notaba a kilometros que estaba aterrado por la manada de zombies que se aproximaba, pero su jodido orgullo le daba preferencia a su odio que a su superviviencia.
Yo también estaba aterrado. Eran dos los peligros que me podían matar en ese instante, uno de forma más dolorosa que el otro. Por eso, seguramente por los nervios, saqué la pistola de mi bolsillo y disparé a Billie Joe. Por eso mismo, fallé. Estoy convencido de que de no estar tan nervioso, ahora estaría muerto. La bala le rozó lo suficiente como para herirle algo.
-¡Hijo de puta! ¡Te pudras en el infierno!
El gordo intentó golpearme con la palanca de hierro, pero por suerte lo esquivé. El feo flacucho estaba tan nerviosos que ni siquiera se movió. Los zombies estaban a pocos metros y casi no había nada que hacer.
Fui a lo fácil, me dirigí a un portal y con el pico rompí el pomo de la puerta para entrar. Me dirigí a la terraza y salté a la del edificio contiguo. Desde allí podía oir los gritos de dolor del gordo y el feo. No escuché a Billie Joe.
Me dirigí a la escuela y no salí en todo lo que quedaba de día.
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