Eran las 15:00 y aún estaba lloviendo a cántaros. No había podido salir desde que me había levantado, y eso me ponía de los nervios, porque me tenía que poner a buscar el coche que me permitiese salir de la ciudad.
En esas horas me puse a buscar una solución a ese problema: ¿dónde podía encontrar un coche con llaves con seguridad? ¿Un párking? No, seguramente todos los coches estarían igual de aparcados que los de la calle, sin llaves. ¿Un concesionario? Era algo en lo que no había pensado, y tal vez era una opción que podía ser muy buena.
Miré por la ventana y observé la calle: contaba por lo menos veintitres zombies, caminando sin rumbo. La densidad de muertos vivientes dependía del día, de la comida que encontraban y poco más. Era algo totalmente aleatorio.
El día hubiese seguido igual de monótono y aburrido de no ser por el inseperado ataque de Billie Joe a la escuela. Y es que al parecer, el muy cabrón logró sobrevivir a la manada zombie de ayer y me siguió. Justo esperó a que la densidad de zombies se relajara para entrar como podía.
Me escondí lo suficientemente bien y fui lo suficientemente sigiloso como para que no me encontrara durante las siguientes dos horas. A los pocos minutos de descubrirme, Billie Joe cayó rendido al suelo, medio desmayado, vomitando y sangrando por la nariz. Me asusté, pero enseguida supe que le pasaba. Estaba infectado por el virus zombie. Puede que le mordieran ayer, justo antes de escapar. Eso harían unas veinticinco horas desde entonces. Un nuevo récord.
Me coloqué delante de él.
-¡Hijo de puta!- me gritó-. ¡Maldito hijo de puta, espero que tu superviviencia se te atragante algún día!
Y disparé
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