Hoy me he vuelto a levantar demasiado tarde. Eran las doce.
Me asomé cuidadosamente a la ventana y miré un poco las calles desde allí: no había ningúna alma... y ningún muerto.
Estaba preparado para irme, al menos mentalmente. Pero desgraciadamente, mis víveres empezaban a escasear, sólo quedaba agua del grifo y la mayoría de las medicinas que usaba para el dolor de cabeza están caducadas. Y para empeorar la situación, mi única arma era un pico que había encontrado antes de llegar allí.
Me puse manos a la obra: mapa en mano, me dibuje un recorrido directo al supermercado, a la comisaría más cercana y a una farmacia. Los tres establecimientos estaban a una distancia más o menos equidistante.
Estaba aterrado. Era la primera vez que salía en todo el mes. Pero era necesario.
Me vestí con unos buenos tejanos, un buen abrigo, guantes, y una mascara de gas para prevenir salpicadura de sangre en mi cara. También me armé con mi pico y me llevé mi bolsa de deporte para llevar las provisiones.
La calle estaba desierta y no había ningún ser vivo que produjera sonido alguno. Era un silencio aterrador el que allí reinaba. Volteó la primera esquina para ver un solitario zombie tumbado boca a bajo. Se arrastraba como podía: no tenía piernas. Seguramente se las comieron antes de que el pobre desgraciado se haya convertido. Golpeé mi pico contra su cabeza y lo maté de un golpe.
Seguí mi camino.
Llegué poco después al supermercado. El camino fue mucho más tranquilo de lo que me esperaba, y eso me tranquilizó. Tampoco había ningún zombie dentro del supermercado. Llené la bolsa con la suficiente comida para los próximos días, así como también agua y alguna que otra pila y linternas.
Allí me dió por mirar la sección de carnes: estaban todas devoradas, seguramente por algún zombie desesperado por comer cualquier cosa.
La siguiente parada era la comisaría. Esta vez divisé tres zombies a la salida del supermercado. Los tres me vieron y se dirigieron hasta mi. Los podría matar con el pico, pero sé por experiencia que con un arma de corto alcanze, tres zombies son una multitud. Huí.
Durante el camino me encontré con un par de zombies más, pero por suerte no me vieron ni olieron.
Llegué a la comisaría sin entretenerme demasiado, fui hasta la habitación más profunda y busqué armas y municiones. Sólo encontré una pistola y una caja de balas. No era mucho pero me era suficiente por ahora.
Desgracia la mía, volví a encontrarme con otros tres zombies a la salida, pero esta vez no tenía escapatoría. Decidí usar mi pico contra el zombie que más cerca estuviera de mí, pero los tres estaban a la misma distancia, no me daba tiempo. La idea de usar la pistola tampoco me servía, pues eso podría llamar la atención de más zombies, algo que ni por asomo era lo que yo quería.
Lo que hice fue lo siguiente: volví a la misma habitación donde encontré la pistola y me encerré. Los zombies van a pasos lentos, asi que tenía algo de tiempo en pensar algo. Busqué cualquier cosa que pudiera servirme, pero lo único que vi fue una botella de alcohol, una escoba y unas cerillas. Tembloroso, rocié la escoba con el alcohol y luego le prendí fuego. Ahora que lo pienso, creo que no tomé las medidas de seguridad adecuadas.
Abrí la puerta y empujé con el extremo en llamas al primer zombie. Ardió rapido, junto con los demás. Volví a cerrar la puerta y esperá a que el fuego los consumiera. Error mío, pues el fuego no sólo los consumió a ellos, sino también a un par de muebles que había por allí.
La comisaría ardió hasta los cimientos, anuque yo salí sano y salvo, gracias a mi mascara de gas que llevaba puesto en todo momento.
La siguiente y última parada era la farmacia, donde tan sólo cogí un par de cajas de pastillas para el dolor de cabeza. Todo lo demás, estaba a punto de caducar.
Volví a casa. Por el camino no encontré ningún zombie, algo que agradecí, pero sí que vi cadaveres. Cadaveres de zombies o de personas, no los sé distinguir. Algunos están en los huesos, a otros les faltan alguna extremidad, y sólo uno no había sido presa de esas criaturas.
Llegué al edificio y a mi piso favorito, dejé la bolsa sobre mi cama y encendí la radio, pero ¡horror!
Un zombie estaba en mi casa, me cogió del brazo, pero de un puñetazo en la cara le aparté. Por el pasillo había otro, que me deshice de un golpe de pico. Huí con lo puesto, pero dejé allí todo lo que había cogido. No sabía como habían entrado, tal vez me dejé la puerta abierta. Un fallo monumental que por poco me cuesta la vida.
Tenía que encontrar un nuevo lugar para vivir mientras pensaba en un plan para volver a por mis cosas.
Tarde un poco en encontrar un colegio abandonado a su suerte mucho antes del levantamiento zombie. Era impensable que los muertos hayan entrado, a no ser que sepan escalar, algo que por supuesto nunca les he visto hacer.
Entro y lo inspecciono. No hay ni una alma, ninguna criatura extraña, pero sí hay comida y agua en abundancia. Tal vez deba pasar la noche aquí y rescatar mis cosas mañana.
Veo por accidente un calendario y me doy cuenta de que hoy es Navidad.
Feliz Navidad, zombies...
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