Hoy me he levantado más tarde incluso que ayer. Eran las 14:06 cuando miré el reloj. Esto se debe a dos cosas: la primera, la escuela era bastante antigua, por lo tanto, he pasado una noche rodeado de ruidos de crujidos, goteras, y susurros que en realidad eran brisas; lo otro, mi esperanza. Siempre por las noches dejaba encendida mi radio, y pasaba horas y horas buscando alguna emisora encendida, por si alguien emitía algo, alguna esperanza.
Me pasé una hora comiendo comida enlatada, y la siguiente limpiando con lejía y jabón mi mascara de gas, mis botas y mis guantes. No podía arriesgarme a tocar alguna gota de sangre salpicada por cualquier zombie.
El reto era sencillo. Relativamente. Tenía que ir a lo que había sido mi propia vivienda durante casi un mes para recuperar todo lo que cogí el día anterior. Encima tenía que hacer dos viajes, incluso tres, pues tenía que recoger también la comida y bebida que tenía allí reservada, o todo mi día de ayer no habrá servido para nada.
Miré por la ventana: habían ocho zombies a lo largo de la calle. Lo suficientemente alejados entre sí para poder matar a varios de ellos.
Salí de la calle y tan solo uno me vio. Le di con el pico y cayó sobre el capó de un coche. Fue entonces cuando los otros siete restantes me vieron y empezaron a caminar torpementa hacia mi. Me deshací del más cercano y luego del siguiente. Los cuatro restantes estaban demasiado cercanos como para atacarles, así que decidí dejarlos en paz mientras ellos caminaban.
Llegué a casa. Inspeccioné una a una todas las viviendas con el máximo cuidado. Tardé un par de horas en llegar hasta el mío, que estaba en la última planta. Misteriosamente, todos los zombies habían desaparecido, pero yo seguía alerta. Cogí mi bolsa y un par de latas más junto con mi radio. Salí de allí pitando, con el pico en mi mano y la pistola cargada en el bolsillo.
Maté un par de zombies antes de entrar en la escuela y volví de nuevo a por el resto de comida. Todo fue bastante senzillo.
La imagen del día, que se me quedó grabado, y que seguramente no olvidaré en mi vida, fue el descubrimiento de tres perros zombies. La escena era grotesca: los tres estaban bastante podridos, andaban con dificultad y se avalanzaban sobre un zombie, que intentaba escapar al ver que era devorado por los perros.
Aquello me dejó confuso. Nunca había visto que el virus se transmitiera a otros mamíferos. Tal vez sea una de las razones por las que se propagó tan rapidamente. Tampoco sabía que los zombies se comían entre sí. Tal lo hacían cuando escaseaba la comida, pues dejaron a aquel zombie y empezaron a perseguirme en cuanto me vieron. Pasé de ellos y seguí mi camino.
Ya en la escuela donde vivía ahora, encendí la radio y calenté un par de latas para cenar. Mientras cenaba, iba provando distintas frequencias, como cada noche, para ver si alguien retransmitía.
Entonces, se me heló el corazón:
"¿Hola? ¿Func-na esto? Esta-os a s-o, repito. Estamos - salvo. Somo- casi treinta pers-nas resi-endo en un polideportivo - ciudad de Cadiz. Aq- no hay z-bies. Re-to: aquí no hay zombies, se han largado todos. Aquí -os a salvo... ¡Mier-! ¿Seguro que funciona? ¡Aquí podéis ve-!"
Lo acababa de oir. Era mi esperanza, mi viaje hasta la salvación de aquellos zombies. Solo tenía que llegar hasta Cadiz.
Solo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario